Mi compromiso político surge de un creciente malestar con la forma en que la toma de decisiones en los Países Bajos, y también en Ámsterdam, ha cambiado en las últimas décadas: cada vez más alejada de los ciudadanos, cada vez más dirigida por sistemas, tecnocracia y modelos abstractos. Las decisiones políticas se presentan a menudo como inevitables o «científicamente necesarias», mientras que el espacio para el debate sustantivo, el conocimiento local y el juicio humano es cada vez más reducido.
Esto se refleja en los expedientes a todos los niveles, desde la política sobre el coronavirus y el clima hasta las medidas municipales concretas. Durante la pandemia, se hizo evidente la rapidez con la que los derechos fundamentales quedaron subordinados a los modelos y la lógica de emergencia, con poco margen para la duda, la proporcionalidad o la consideración moral. En el expediente climático veo una dinámica similar: planes a gran escala y objetivos cuantificables que no surten efecto a nivel local, mientras que no se tienen suficientemente en cuenta las consecuencias para la calidad de vida, la asequibilidad y la libertad.
A nivel municipal, esto se traduce en políticas que afectan profundamente a la vida cotidiana de los habitantes de Ámsterdam, a menudo sin una participación real. Piensa en las normas genéricas de 30 km/h, los cortes de tráfico como en la Weesperstraat o las remodelaciones a gran escala que se llevan a cabo como experimento sin una evaluación clara ni una corrección democrática. Los denominados proyectos de ciudades inteligentes también me plantean preguntas fundamentales sobre la privacidad, la autonomía y el cambio progresivo del juicio humano hacia sistemas basados en datos.
Por eso, para mí, la democracia es más que votar periódicamente o expresar mi opinión a posteriori. Los ciudadanos deben tener una influencia real en las decisiones que afectan a su entorno, y esa influencia debe organizarse de manera que se tome en serio la responsabilidad, la pluralidad y el conocimiento. Esto requiere más espacio para la democracia directa, transparencia en la toma de decisiones y el abandono del automatismo en las políticas y las capas administrativas.
Un principio fundamental de mi pensamiento es que ninguna transición social profunda puede tener éxito sin un desarrollo paralelo de la conciencia. Los sistemas políticos se estancan no solo por estructuras erróneas, sino también por formas limitadas de percibir, pensar y reaccionar. Por lo tanto, la verdadera innovación requiere un ejercicio interior: cultivar la conciencia clara, la autorreflexión y la responsabilidad moral, tanto a nivel individual como colectivo.
Cuando las personas aprenden a percibir más allá del miedo, el pensamiento grupal y los reflejos ideológicos, se crea un espacio para la creatividad y la toma de decisiones verdaderamente libre. Esa creatividad no puede ser reprimida de forma sostenible por normas, sistemas o formas de gobierno obsoletas. Cualquier sistema político que pierda su legitimidad acabará por no resistir cuando las personas vuelvan a aprender a confiar en su propia percepción, criterio y cooperación.
Mi estilo es analítico y conciliador. Planteo preguntas donde otros sacan conclusiones, y trato de no simplificar las contradicciones, sino de comprenderlas. La libertad sin responsabilidad se convierte en arbitrariedad, pero la responsabilidad sin libertad se convierte en coacción. Precisamente en ese campo de tensión radica, para mí, la esencia de una democracia local sana y una ciudad habitable.